sábado, 15 de noviembre de 2008

A los hombres de mi muerte [Publicado el 26 de noviembre de 2007 en La Liduvina Durmiente]

Y todos piensan que les voy a salvar la vida.
Pfff, qué pavada.

Se enamoraron porque les enseño a vivir, porque no me gustan los problemas [bueno, a veces sí], porque prefiero reír que llorar.

Me tuvieron, pero no se la bancaron.
Qué lástima.

¿Será que fui demasiado para ustedes? No lo creo. O tal vez sí.

Estuvo el que amé profundamente, pero no supo entender.

Hubo uno por el que fui capaz de todo, pero no lo apreció.

Otro que quiso hacerme feliz, pero no pude devolverle el favor.

El que se fue lejos, el que me pedía demasiado, el que me respetaba, el que no, el que daba vuelta el mundo por mí, el que no me importaba, el que me aburría terriblemente, el que me mostró otra realidad, el que dejé sin tenerlo, el enfermo, el romántico, el loco, ruido ruido ruido…

Niños que se sorprenden con un juguete nuevo, quieren que les controlen la vida, que les enseñen a jugar. No, a jugar no, a divertirse.

Si quieren, pueden tenerme, lo extraño es que una vez en sus vidas, no se la bancan.

Maricones.

Les maravilla que no me importe nada, que quiera pasarla bien, que haya tanta tormenta reprimida.

Les gusta estar atentos todo el tiempo, los hace sentir vivos la incertidumbre y la inestabilidad que me acompañan.

Pero yo quiero paz.

Quiero ser Liduvina y no una docente de la cátedra de la vida.

Ustedes y sus mambos pueden seguir camino. Lejos de acá.

El problema no es que me aburro, sino que ustedes son ineptos.

Es por eso que a todos les dije: “No soy yo, SOS VOS”

Y piensan que les voy a salvar la vida…

Dejense de joder.